Historias de un amor

Es la madrugada del miércoles siete de abril del 2005. Hace unas horas se ha retirado del fútbol el último gran caudillo de Universitario, acaso el ídolo más querido después de Lolo. La verdad, tengo miedo de escribir esta nota. Tengo miedo de que, al llegar al último párrafo y colocar mi seudonimo al final, alguna extraña maldición me arrebate un pedazo grande de mi vida. Sin embargo, sé que es el paso inevitable del tiempo el que nos convierte a veces en nostalgicos invitados al desfile de los recuerdos, en niños a bordo de un mágico carrusel próximo a terminar, y sé que es entonces cuando pretendemos que nuestro canto sea una sentencia y nuestra ilusión pueda prolongarse al fin un poco más.
Contar emociones resulta una tarea difícil. ¿Cómo decir que la nostalgia se apoderó de nuestros corazones, si las palabras quedan torpes, minúsculas ante lo vivido aquella noche? ¿Cómo describir la gratitud, si el solo hecho de mencionar esa palabra en estos días es ya un lugar común? Lo demostraron los miles que a última hora llegaron para ofrendar sus últimos aplausos. Lo demostró el hincha que no es de asistir al estadio, pero que en la noche especial comprendió que una ceremonia tan singular no podría vivirse a través de un televisor. Lo demostraron el ex barrista que pisó la popular después de muchos años, asistiendo a un reencuentro esperado, y tambien aquellos que lo planificaron con meses de anticipación, y en la noche del adiós, al ver esa inmensa camiseta en la popular Norte, pudieron sentir la satisfacción de haber cumplido.
I
Miguel tiene veinticinco años y una sonrisa. Está feliz porque logró convencer a su enamorada para venir al estadio. No fue fácil, pero está seguro de que ahora ella comprende el porqué de tanta insistencia. Miguel ha tenido varios héroes en su vida de hincha, y ha soñado más de una vez con juntarlos a todos en una cancha de fútbol. Esta noche el sueño de verlos a todos juntos se le puede hacer realidad. Abajo, en la cancha, empiezan a sonar los acordes de una guitarra. Miguel se sabe bien la letra de la canción que todos van a cantar. No puede evitar emocionarse cuando el héroe principal de la noche, el favorito entre todos sus justicieros, sale a la cancha lentamente, como un general en el desfile de los vencedores, acompañado por el ejército de lujo que hoy asiste a la última ceremonia del último caudillo. Me alejo de las canchas en mi alma vivirás. Y la noche del Monumental se convierte en la película más hermosa del mundo. Y todas las voces son una sola. Y todas las voces quieren decir gracias. Y Miguel apenas si puede contener las lágrimas. Y entonces abraza a su enamorada con todas las fuerzas que le quedan para abrazarla. La abraza porque la emoción no le deja contarle que es un niño otra vez, que ese flaco recio lo ha defendido en mil batallas, que el rubio que se va a cuadrar en el arco es el mejor de los arqueros, que no hemos estado viviendo los mejores tiempos y hoy sus héroes han venido a rescatarlo. La abraza porque hoy es feliz, por la vergüenza de que lo vea llorar, por ese número veintidós que a partir de ahora llevará dibujado en el alma, por los años vividos, por los días de triunfo y por las tardes de gloria.
II
El paraguayo lo había intentado unos minutos antes, pero la suerte apenas si le tiraba un guiño. Un remate que terminó entre las piernas del arquero rival fue el indicio de que el destino estaba por pagarle una vieja deuda. Era la primera vez que pisaba esa cancha. Antes, mucho antes, había conocido de emociones intensas vistiendo esa misma camiseta que terminó adoptandolo como uno de sus hijos predilectos. Si hasta llegó a defenderla a los golpes, como un hincha más de esos que viven en la tribuna. Tal vez por eso, porque había llegado a sentirla como si la hubiese amado desde siempre, porque había llegado a sentirse en casa, con los suyos, fue que la noticia de su separación, probablemente ocasionada por los celos de un director técnico reacio a mantener líderes en sus equipos, lo dejó desconcertado ante aquel utilero al que cobardemente habían elegido para llevarle la mala nueva. Solo el paraguayo sabe qué soledades y amarguras habrá padecido en esos dos meses en que aun permació en Lima, tratando de encontrarle explicación a ese rechazo que jamás mereció.
Lo había intentado unos minutos antes. Hasta que vio venir el pase del delantero que lo dejaba a las puertas del área. Estaban abajo en el marcador, pero eso era lo de menos. Importaba estar ahí, de regreso con su gente, acompañando en el adiós a un viejo cómplice de antiguas felicidades. Recibió la pelota tal vez sabedor de que era una de las últimas, la tiró unos metros más adelante y sacó el zurdazo imposible que le devolvió el grito postergado tanto tiempo. Una noche de abril del año 2005, el paraguayo Jorge Amado Nunes volvió para gritar junto a sus hinchas el gol que el destino les había arrebatado diez años atrás.
III
Ahora que ha pisado por primera vez el estadio Monumental, Johnattan recuerda su niñez en Cerro de Pasco. Cuenta sobre las veces en que fue a ver a Universitario, siempre acompañado por su padre, y acerca de las ansias por ver a la U en un pueblo donde con suerte apenas podía verla dos veces al año. Johnattan sonríe y recuerda los días en que, junto a Martín, un amigo que se quedó en Cerro, corrían detrás del bus que llevaba a los jugadores en su paso por esas calles habitualmente frías, pero cálidas cuando recibían tamaña ilusión.
Desde que supo de la despedida de su ídolo estuvo planeando venir a la popular. Ha faltado hoy a sus clases en la universidad a pesar de que no podrá quedarse hasta el final del partido, pues el camino de regreso a casa es largo y debe llegar antes de las diez de la noche. Pero no le importa, a fin de cuentas, él solamente quiere estar presente cuando su ídolo salga a la cancha, quiere verlo vestido nuevamente con esa camiseta de color crema y aplaudirlo por última vez. Luego, probablemente, vea el resumen del partido en algún noticiero nocturno. Luego, probablemente, sea feliz.
IV
Van a cantar tu nombre. Van a querer decirte gracias. Estás respondiendo a las preguntas de un reportero y llevas, como siempre, un rosario colgado en el cuello. Afuera, en las tribunas, hay miles de hombres , mujeres y niños que quieren abrazarte y llevarte con ellos. Atrás tuyo, en el camarín, están tus amigos de siempre, los que se han juntado para acompañarte hoy.
Hay hinchas que han estampado tu nombre en pequeñas banderitas que serán flameadas esta noche. Hay otros que han juntado esfuerzos y han mandado hacer una inmensa camiseta crema con un número de color rojo pintado en ella. Sí, el veintidós. Son las formas que han encontrado para agradecerte aquellos que no tienen la posibilidad de un acercamiento personal, los que han seguido toda tu carrera desde el otro lado del alambrado. Por eso te han dibujado sobre banderas y camisetas, por eso han preparado la letra emotiva que sólo será cantada esta noche.
En unos minutos más vas a salir a la cancha. Nos vamos a emocionar todos y hasta nos vamos a enternecer al verte anotar ese gol de penal haciendo tu jugada de burla que tantas veces celebraron tus hinchas. Vas a recibir el cariño de tus amigos, de tu pueblo y, cuando se apaguen todos los flashes, disfrutarás junto a tu familia del merecido reposo del guerrero.
Lo que ignoras es que al otro lado del alambrado, con un nudo en la garganta al saber que ya nunca más te encontrará al mirar hacia la cancha, tu gente, compañera fiel en tantas batallas, se negará a dejarte partir, y te buscará en los que pelean diariamente por ganarle el partido a la vida, en las calles y pistas de cada barrio, en los ojos ilusionados de cada niño que juegue nuevamente a ser el símbolo de la garra crema que nunca morirá.

