Friday, June 23, 2006

Historias de un amor



Es la madrugada del miércoles siete de abril del 2005. Hace unas horas se ha retirado del fútbol el último gran caudillo de Universitario, acaso el ídolo más querido después de Lolo. La verdad, tengo miedo de escribir esta nota. Tengo miedo de que, al llegar al último párrafo y colocar mi seudonimo al final, alguna extraña maldición me arrebate un pedazo grande de mi vida. Sin embargo, sé que es el paso inevitable del tiempo el que nos convierte a veces en nostalgicos invitados al desfile de los recuerdos, en niños a bordo de un mágico carrusel próximo a terminar, y sé que es entonces cuando pretendemos que nuestro canto sea una sentencia y nuestra ilusión pueda prolongarse al fin un poco más.

Contar emociones resulta una tarea difícil. ¿Cómo decir que la nostalgia se apoderó de nuestros corazones, si las palabras quedan torpes, minúsculas ante lo vivido aquella noche? ¿Cómo describir la gratitud, si el solo hecho de mencionar esa palabra en estos días es ya un lugar común? Lo demostraron los miles que a última hora llegaron para ofrendar sus últimos aplausos. Lo demostró el hincha que no es de asistir al estadio, pero que en la noche especial comprendió que una ceremonia tan singular no podría vivirse a través de un televisor. Lo demostraron el ex barrista que pisó la popular después de muchos años, asistiendo a un reencuentro esperado, y tambien aquellos que lo planificaron con meses de anticipación, y en la noche del adiós, al ver esa inmensa camiseta en la popular Norte, pudieron sentir la satisfacción de haber cumplido.



I

Miguel tiene veinticinco años y una sonrisa. Está feliz porque logró convencer a su enamorada para venir al estadio. No fue fácil, pero está seguro de que ahora ella comprende el porqué de tanta insistencia. Miguel ha tenido varios héroes en su vida de hincha, y ha soñado más de una vez con juntarlos a todos en una cancha de fútbol. Esta noche el sueño de verlos a todos juntos se le puede hacer realidad. Abajo, en la cancha, empiezan a sonar los acordes de una guitarra. Miguel se sabe bien la letra de la canción que todos van a cantar. No puede evitar emocionarse cuando el héroe principal de la noche, el favorito entre todos sus justicieros, sale a la cancha lentamente, como un general en el desfile de los vencedores, acompañado por el ejército de lujo que hoy asiste a la última ceremonia del último caudillo. Me alejo de las canchas en mi alma vivirás. Y la noche del Monumental se convierte en la película más hermosa del mundo. Y todas las voces son una sola. Y todas las voces quieren decir gracias. Y Miguel apenas si puede contener las lágrimas. Y entonces abraza a su enamorada con todas las fuerzas que le quedan para abrazarla. La abraza porque la emoción no le deja contarle que es un niño otra vez, que ese flaco recio lo ha defendido en mil batallas, que el rubio que se va a cuadrar en el arco es el mejor de los arqueros, que no hemos estado viviendo los mejores tiempos y hoy sus héroes han venido a rescatarlo. La abraza porque hoy es feliz, por la vergüenza de que lo vea llorar, por ese número veintidós que a partir de ahora llevará dibujado en el alma, por los años vividos, por los días de triunfo y por las tardes de gloria.

II

El paraguayo lo había intentado unos minutos antes, pero la suerte apenas si le tiraba un guiño. Un remate que terminó entre las piernas del arquero rival fue el indicio de que el destino estaba por pagarle una vieja deuda. Era la primera vez que pisaba esa cancha. Antes, mucho antes, había conocido de emociones intensas vistiendo esa misma camiseta que terminó adoptandolo como uno de sus hijos predilectos. Si hasta llegó a defenderla a los golpes, como un hincha más de esos que viven en la tribuna. Tal vez por eso, porque había llegado a sentirla como si la hubiese amado desde siempre, porque había llegado a sentirse en casa, con los suyos, fue que la noticia de su separación, probablemente ocasionada por los celos de un director técnico reacio a mantener líderes en sus equipos, lo dejó desconcertado ante aquel utilero al que cobardemente habían elegido para llevarle la mala nueva. Solo el paraguayo sabe qué soledades y amarguras habrá padecido en esos dos meses en que aun permació en Lima, tratando de encontrarle explicación a ese rechazo que jamás mereció.

Lo había intentado unos minutos antes. Hasta que vio venir el pase del delantero que lo dejaba a las puertas del área. Estaban abajo en el marcador, pero eso era lo de menos. Importaba estar ahí, de regreso con su gente, acompañando en el adiós a un viejo cómplice de antiguas felicidades. Recibió la pelota tal vez sabedor de que era una de las últimas, la tiró unos metros más adelante y sacó el zurdazo imposible que le devolvió el grito postergado tanto tiempo. Una noche de abril del año 2005, el paraguayo Jorge Amado Nunes volvió para gritar junto a sus hinchas el gol que el destino les había arrebatado diez años atrás.

III

Ahora que ha pisado por primera vez el estadio Monumental, Johnattan recuerda su niñez en Cerro de Pasco. Cuenta sobre las veces en que fue a ver a Universitario, siempre acompañado por su padre, y acerca de las ansias por ver a la U en un pueblo donde con suerte apenas podía verla dos veces al año. Johnattan sonríe y recuerda los días en que, junto a Martín, un amigo que se quedó en Cerro, corrían detrás del bus que llevaba a los jugadores en su paso por esas calles habitualmente frías, pero cálidas cuando recibían tamaña ilusión.
Desde que supo de la despedida de su ídolo estuvo planeando venir a la popular. Ha faltado hoy a sus clases en la universidad a pesar de que no podrá quedarse hasta el final del partido, pues el camino de regreso a casa es largo y debe llegar antes de las diez de la noche. Pero no le importa, a fin de cuentas, él solamente quiere estar presente cuando su ídolo salga a la cancha, quiere verlo vestido nuevamente con esa camiseta de color crema y aplaudirlo por última vez. Luego, probablemente, vea el resumen del partido en algún noticiero nocturno. Luego, probablemente, sea feliz.

IV

Van a cantar tu nombre. Van a querer decirte gracias. Estás respondiendo a las preguntas de un reportero y llevas, como siempre, un rosario colgado en el cuello. Afuera, en las tribunas, hay miles de hombres , mujeres y niños que quieren abrazarte y llevarte con ellos. Atrás tuyo, en el camarín, están tus amigos de siempre, los que se han juntado para acompañarte hoy.
Hay hinchas que han estampado tu nombre en pequeñas banderitas que serán flameadas esta noche. Hay otros que han juntado esfuerzos y han mandado hacer una inmensa camiseta crema con un número de color rojo pintado en ella. Sí, el veintidós. Son las formas que han encontrado para agradecerte aquellos que no tienen la posibilidad de un acercamiento personal, los que han seguido toda tu carrera desde el otro lado del alambrado. Por eso te han dibujado sobre banderas y camisetas, por eso han preparado la letra emotiva que sólo será cantada esta noche.

En unos minutos más vas a salir a la cancha. Nos vamos a emocionar todos y hasta nos vamos a enternecer al verte anotar ese gol de penal haciendo tu jugada de burla que tantas veces celebraron tus hinchas. Vas a recibir el cariño de tus amigos, de tu pueblo y, cuando se apaguen todos los flashes, disfrutarás junto a tu familia del merecido reposo del guerrero.

Lo que ignoras es que al otro lado del alambrado, con un nudo en la garganta al saber que ya nunca más te encontrará al mirar hacia la cancha, tu gente, compañera fiel en tantas batallas, se negará a dejarte partir, y te buscará en los que pelean diariamente por ganarle el partido a la vida, en las calles y pistas de cada barrio, en los ojos ilusionados de cada niño que juegue nuevamente a ser el símbolo de la garra crema que nunca morirá.

De la tribuna a la fama



Mientras me cuenta su versión de la historia, N no quita la vista del televisor. Como casi todos los clientes del restaurant donde conversamos, sigue con atención las imagenes de la serie acerca de la vida de un antiguo conocido suyo. Toma un sorbo más de la Coca Cola que ha pedido, y dice, con una sonrisa: "Mira, se van a agarrar con los cagones". Los cagones son los hinchas de Alianza Lima. Y el que se va a "agarrar" con ellos es Misterio, el barra brava que encontró la fama mucho tiempo después de que una bala disparada por él mismo le perforara el cráneo. N ríe con desgano, y muestra su desagrado con la serie. Dice que no representa la realidad de una barra, que hasta los diálogos son ingenuos. En la serie, el enfrentamiento entre los hinchas no llega a producirse, y los clientes del restaurant vuelven sus miradas hacia sus platos de comida. Sospecho una leve desilusión en ellos.

N ha sido integrante de la Trinchera Norte desde los tiempos en que al hincha de la U todavía se le seguía identificando con la tribuna de oriente. Dice estar cansado de que le pregunten por Misterio. "Ahora hasta en mi casa me preguntan por él" , se queja, y me recuerda que no debo revelar su nombre verdadero en la nota. Dice que a los antiguos barristas de la Trinchera Norte nunca les cayó bien la idea de andar por ahí juntandose con periodistas. Ni hablar de contar intimidades. Ahora recuerdo una escena ocurrida a fines de 1995, en la plaza adyacente al estadio Lolo Fernández, que llegó a transmitir América Televisión. Un joven barrista de la Trinchera Norte había accedido a hablar con un reportero. Por entonces, la Trinchera Norte era el tema noticioso de la semana pues habían detenido a catorce de sus integrantes en un operativo policial. Las primeras planas no se hicieron esperar. Y ahí estaba el reportero de América Televisión, junto a su nueva fuente, hasta que las imagenes tomadas por la cámara colocada a ras del suelo, probablemente para evitar sospechas de los demás barristas, empezaron a mostrar las piernas de un tipo que se dirigía hacia ella caminando en forma apresurada. Luego, se escucharía claramente una voz amenazante antes de que termine la grabación: "Apaga tu cámara, conchatumadre". N me confirma lo que ya sospechaba. Era Misterio, probablemente protegiendo a su gente, a su modo, de la morbosidad de ciertos medios.

N cuenta haber conocido a Percy Rodríguez Marchand antes de que el colectivo de la Norte le redujera el nombre a Misterio, cuando aun no había cumplido los veinte años de edad, y se apareció una tarde en la popular reclamando su lugar en el mundo. La capucha que llevaba puesta aquella tarde despertó más de una sospecha entre los barristas de la por encontes incipiente Trinchera. Sin embargo, el tiempo y sus innegables condiciones de líder lo llevaron a ser uno de los barristas más representativos y temidos dentro de aquel universo de la tribuna norte. Tanto así que en 1994, junto a Payet, Foreman, Godzuki y Curay, otros barristas conocidos como los más violentos junto a Misterio, derrocaron a la directiva de la Trinchera, instaurandose como los nuevos jefes de la barra más radical de Universitario. Emocionados con su logro, no demoraron en elegirse un nombre que los identificara y los diferenciara del resto de barristas. Alguien tiró un nombre que no pudo definirlos mejor: La Cúpula. No había un jefe máximo, pero las figuras de Misterio, Payet y Foreman sobresalían por sobre los demás. Tal vez por tener mayor fama de guerreros. Tal vez por tener a tres grandes grupos de la Trinchera bajo sus órdenes: Lurigancho, Falange y Holocausto. Sin embargo, a pesar del temor que infundía La Cúpula en los demás barristas, el excesivo abuso que hacían de ese temor y la poca organización que mostraban para llevar a cabo los viajes a las provincias donde jugaba Universitario, fueron su propia perdición. Los antiguos barristas de Norte, liderados por el Cuervo, fundador de la Trinchera y signado como el líder ideológico de la misma, empezaron a concebir el fin de una etapa para ellos oscura dentro de su barra. Misterio se unió a ellos, y una tarde de noviembre en que Universitario recibía al Sport Boys en el Estadio Nacional, el contragolpe se produjo. La Cúpula dejó el poder de la Trinchera de la misma forma en que lo había tomado: Por la fuerza.


En cada viaje a provincias con la Trinchera, Misterio mostraba esa dualidad en su carácter que lo hacía un tipo tan solidario como violento. No dudaba en compartir un plato de comida con algún barrista necesitado, ni en ejercer su peculiar modo de presionar con el fin de obtener donaciones para solventar los viajes de la Trinchera. Una noche arequipeña de 1995, Misterio y otros barristas más se dirigieron al hotel donde se hospedaba el primer equipo de Universitario de Deportes. Al ver pasar al delantero Germán Carty, alguien del grupo le acercó el pedido de ayuda para poder pagar los cinco buses que llevarían a 300 barristas de regreso a la capital. El delantero estaba de muy buen humor, les enseñó su billetera y con un sonrisa socarrona les dijo que no les daría ni un sol. Misterio se adelantó a todos y le estrelló un golpe en la cabeza con un paraguas rojo y negro que le había robado a un distraído hincha de Melgar. "De nosotros no te vas a burlar, negro huevón", le habría dicho en medio de su enfado.


Ya fuera de la directiva de la Trinchera, Misterio empezó a llevar una vida aun más desenfrenada. Encabezando enfrentamientos contra las hinchadas rivales, pogueando en los conciertos de los rockeros de Leusemia, o en tantas borracheras interminables con sus hermanos de la Trinchera, donde al fin había encontrado la familia que tanto buscó, y donde en varias ocasiones dejaba de ser Misterio, el peleador que desafiaba policías, y pasaba a ser simplemente el Loco, como lo conocían los más íntimos, un tipo carismático y bromista. Lamentablemente para Misterio y sus amigos, la turbulencia en la que vivía lo acercaba a caminos cada vez más peligrosos. Las continuas discusiones con su novia, quien le reprochaba su estilo de vida, la muerte de Caradura, un joven integrante de su grupo de hinchas en Lurigancho, ocasionada por una bala que estaba dirigida hacia él, y el otro disparo que recibió en el hombro luego de una bronca, probablemente fueron factores que aumentaron su paranoía en esas noches colmadas por la cocaína y el alcohol. Tal vez el trabajo informal en la Bolsa de Valores de Lima no era lo suficientemente lucrativo como él hubiese querido, pero siempre le quedaba el recurso de la labia para conseguir regalada alguna que otra caja de licores. Como la que encontraron en la habitación que tenía alquilada en una casa de Jesús María. Algunas botellas vacías de vodka Ursus daban cuenta de las dimensiones de la borrachera. El llanto de los adolescentes testigos de lo ocurrido apenas si sería el primero de muchos lamentos que vendrían. Víctima de su propia temeridad, Percy Rodríguez Marchand, el Loco, o Misterio, no pudo dominar una atroz borrachera y terminó volándose los sesos con una Taurus calibre 38. Dicen que fue jugando a la ruleta rusa. Dicen que, antes de dispararse, había apuntado con su pistola a sus compañeros de juerga, quienes le lloraban para que se detuviera, que se deje de huevadas, pero él no oía más que a sus demonios internos que le gritaban que tirase del gatillo, que no sea cobarde, que tenía que demostrar su valentía ante esos maricones de mierda que se asustaban como si la bala se fuese a disparar.

Dicen tantas cosas de Misterio por estos días, que a N no le queda más remedio que su propia resignación. Confiesa que todavía se sorprende cuando lee los titulares de la prensa sensacionalista mencionando el sobrenombre de su amigo. En las mesas vecinas, algunos clientes todavía siguen con atención los movimientos del Misterio ficticio, encarnado en el actor Pietro Sibille. Me despido de N y le renuevo mi promesa de no incluir su nombre real en esta nota. Dice que se quedará un rato más. Mientras pago la cuenta, veo como N se acomoda en el asiento, toma otro sorbo de Coca Cola y dirige su mirada nuevamente hacia el televisor, tal vez preguntándose cómo diablos hizo Misterio para ser tan famoso.

Descripción de fotografías

Retrato de familia (sin agua)

En primer plano figura Roxana, que bien podría llamarse María. Roxana tiene ocho años y ahora puede tomarse todas las fotografías que le pidan porque no ha ido al colegio. A pesar de que hace dos minutos dijo morirse de sed, Roxana se peina para la foto y sonríe a pesar de la sed y de sus pocos dientes sanos. Lleva puesta una camiseta roja con un estampado irreconocible por el uso, un pantalón corto de color verde, y unas zapatillas que se llenan de polvo cada vez que busca entre las piedras, fuera de su casa sin baño, un lugar que le sirva para cumplir con sus necesidades más elementales. Su madre, que sí se llama María, está parada detrás, a casi dos metros de distancia. Está vestida con una camiseta blanca y una falda de un celeste muy tenue, como si la pobreza le hubiera restado importancia a los colores, terminando por convertirlos a todos iguales. Ella no sonríe, a diferencia de su hija. Tiene el cabello peinado hacia atrás y sujetado con un una liga. Sostiene una galonera que se supone de color blanco y tiene la mirada fija hacia algún lado bajo de la habitación. Dice no pasar de los treinta años, pero su rostro y sus nueve hijos la hacen parecer mayor. La galonera que sostiene María, la que se suponía de color blanco, también se suponía llena de agua. Sin embargo, está vacía. El camión cisterna encargado de repartir el agua por esta zona de la ciudad no llegó hoy al cerro donde viven, en San Juan de Lurigancho, distrito limeño donde se encuentra ubicada una de las cárceles más violentas y superpobladas del Perú y de Sudamérica, diseñada originalmente para albergar a tres mil reclusos y con una población actual de ocho mil quinientos. Dentro de las paredes de estera que constituyen su vivienda, María piensa que los catorce días que faltan para poder volver a bañar a sus hijos es demasiado tiempo. En un extremo de la foto, perdiéndose en la luz proveniente de la puerta entreabierta, se ven las patas traseras y la cola de un gato pequeño y gris. Como todo gato, probablemente no regrese.

Cartas

Cartas
I

Debería haber bastado el insomnio perpetuo de tu silencio, la oscuridad de tu ausencia en las tardes de invierno, el duende maldito llevándose tus cartas, la pregunta morbosa invadiendo mi habitación, las canciones inútiles que no conmovieron a nadie, la agonía de los viernes por la noche, la imposibilidad de atarte a mi cama, la evidencia de mis imperfecciones, la broma estúpida de mis amigos, el arrepentimiento después de la resaca, la sonrisa de la vecina adolescente, mi torpeza para preparar el café, la nostalgia por la almohada que ocupaba tu espacio y ahora yace en el suelo, el recuerdo esquivo de tus tobillos mojados de primavera, del vértigo anhelado de tu olor, de la pelusa desprendida de tu falda, de las miradas a través del espejo mientras te maquillas, de la pereza a las cuatro de la tarde, de la casa que nunca tuvimos, de tu sexo desvelado y del ramo de rosas que no te regalé. Debería haber bastado con la certeza inequívoca de la pérdida inevitable. Sin embargo, comprenderás que algunas cosas escapan a toda lógica. Como escribir estas palabras que jamás habrás de leer.

Elogio de la insolencia

Si de repente, en medio de un lento contoneo suyo, emitiese un maullido, nadie en la clase se sorprendería. Como nadie tampoco se ofende al ver sus pies pequeños ingresar al salón, siempre tarde y sin saludar, siempre con la mirada fija en ningún lado, siempre el largo cabello negro tirado hacia adelante sobre alguno de sus hombros, y siempre, siempre con esa maldita fugacidad que es el espectáculo de verla pasar.

Probablemente no sea un antojo pensar que la mayor virtud de sus grotescos anteojos negros no sea el facilitarle la tarea de observar este mundo, sino acentuar más bien los ojitos dormilones y sin mochila azul que no pueden esconderse detrás de ellos.

A veces, cuando se aburre, cierra indiscretamente su cuaderno, acomoda los lapices de acuerdo al tamaño, y se despereza en un ronroneo hereje.

Otras veces, cuando yo me aburro, no tengo ganas ni de cerrar mi cuaderno. Solamente la observo sentada allá en primera fila, cómo va jugando con alguno de sus cabellos, ajena y lejana. Es en esos momentos cuando cierro los ojos, la veo girar hacia mí, y entonces, al fín, lo dice: Miau.